¿Qué perdemos cuando un bosque deja de funcionar? 

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Proteger los montes va más allá de conservar su superficie: significa preservar procesos ecológicos esenciales de los que también dependemos las personas 

Carmen Pi

Cuando pensamos en un bosque, es fácil quedarse con lo visible: los árboles, el paisaje, la biodiversidad. Pero su importancia va mucho más allá. De los montes dependen procesos esenciales para nuestra vida, desde la regulación del agua y la protección del suelo hasta el almacenamiento de carbono, el mantenimiento de hábitats y especies o el suministro de alimentos y materias primas.

Son los llamados servicios ecosistémicos, los beneficios que obtenemos de los ecosistemas. El agua es uno de los ejemplos más claros: según la FAO, las cuencas forestales proporcionan aproximadamente el 75 % del agua dulce accesible del planeta, de los que depende más de la mitad de la población mundial. 

«Durante mucho tiempo hemos tendido a valorar la conservación en términos de superficie, pero conservar hectáreas no garantiza por sí solo conservar un ecosistema. El reto es mantener su funcionalidad y los procesos ecológicos que hacen posible que siga prestando esos servicios», explica Beatriz Olmo, directora técnica de la Red de Restauración de Minas y Canteras (Red RMC).

Esta visión está cada vez más presente en las políticas ambientales. El Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza, aprobado en 2024, incorpora para los ecosistemas forestales indicadores como la conectividad, el carbono orgánico, la presencia de especies autóctonas, la diversidad arbórea o la estructura de edades.

Conservar esa funcionalidad implica también prestar atención a cómo intervenimos sobre el territorio. Muchas de las actividades necesarias para nuestra sociedad —como la agricultura, la construcción, las infraestructuras, la producción de energía o la minería— transforman el medio y generan impactos sobre el suelo, el agua, los hábitats o la biodiversidad, con diferente alcance e intensidad según la actividad y el entorno.

En el caso de la minería, la extracción de recursos minerales implica una transformación directa del territorio, por lo que conocer bien el entorno y los impactos que se van a generar resulta determinante para poder evitarlos o reducirlos y plantear una restauración adecuada.

Por eso, la pregunta no es únicamente si restauramos o cuánto, sino cómo; conocer el ecosistema de referencia, caracterizar el terreno y sus recursos y establecer los criterios desde el principio, son la base del proceso de restauración..

Conocer antes de intervenir

Una gestión ambiental rigurosa empieza por una buena caracterización del entorno. Conocer su estado, sus valores y su funcionamiento permite identificar el referente de restauración y los elementos más sensibles para evaluar de forma específica la naturaleza, magnitud, duración y reversibilidad de los impactos previstos.

A partir de ahí, deben definirse medidas ajustadas a cada proyecto para evitar los impactos que puedan evitarse, reducir los inevitables y recuperar, en la medida de lo posible, la funcionalidad ecológica de los espacios afectados.

«La calidad ambiental de un proyecto se establece antes de que empiece la restauración. No deberíamos conformarnos con cumplir formalmente la normativa , sino preguntarnos si conocemos en detalle el sistema sobre el que vamos a intervenir, si hemos evaluado adecuadamente los impactos y si estamos aplicando las mejores técnicas disponibles para reducirlos», señala Olmo.

Del proyecto a la realidad

Contar con normativa y planes de restauración actualizados es imprescindible, pero su cumplimiento no siempre garantiza un buen resultado ambiental. La diferencia está en cómo se aplican y, especialmente, en cómo se comprueba su cumplimiento y eficacia a lo largo del tiempo. El seguimiento y la gestión adaptativa son aspectos clave que todo proyecto minero debería considerar.

«Uno de los grandes retos es reducir la distancia entre lo que se establece sobre el papel y lo que realmente ocurre en el territorio. Necesitamos profundizar más en el  diseño de los proyectos y aprender durante su implementación y más allá, con indicadores que permitan comprobar la eficacia de las medidas y corregir o adaptar según su evolución », defiende la directora técnica de la Red RMC.

En este punto, el papel de las administraciones competentes es fundamental: el seguimiento no debería limitarse a comprobar que las actuaciones previstas se han ejecutado, sino evaluar si están alcanzando los resultados ambientales para los que fueron diseñadas.

Cuando los impactos no pueden evitarse, restaurar no significa simplemente revegetar o recuperar la apariencia del paisaje. Los estándares actuales de restauración ecológica incorporan aspectos como las condiciones del suelo y del agua, la composición de especies, la estructura y funciones del ecosistema y su conexión con el entorno.

No siempre será posible regresar exactamente al punto de partida. De ahí la necesidad de establecer objetivos realistas pero ambiciosos, indicadores medibles y un seguimiento que permita comprobar la evolución del espacio restaurado.

«Tenemos conocimiento, técnicas y herramientas para ser ambiciosos con los proyectos y con los resultados. Restaurar no es cumplir una serie de actuaciones y cerrar un expediente: es comprobar qué hemos recuperado, qué no y cómo evoluciona ese ecosistema con el tiempo», concluye Olmo.

Porque si de los montes dependen recursos y procesos esenciales para nuestra vida, la forma en que intervenimos sobre ellos importa. 

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